CAPÍTULO SESENTA Y CUATRO

Antes de que el guardia pudiera responder, Silas vio a lo lejos a un Calvin desaliñado y con ojos desbocados que se unía al grupo de búsqueda. El hombre lucía desquiciado, con la ropa arrugada y el orgullo visiblemente destrozado.

—¿Dónde estabas? —ladró Calvin, deteniéndose en seco mientras sus ojos se clavaban en Silas. Estaba profundamente irritado por todo lo que estaba ocurriendo esa noche; el control se le escapaba entre los dedos como arena seca.

—¿Señor? —Silas se inclinó rápidamente, m
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