CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO

—He oído algo, señor —respondió el guardia de seguridad, con sus botas haciendo clic rítmicamente sobre el suelo.

—Ya. Yo también huelo algo —dijo Calvin, bajando su voz a un registro sospechoso y grave.

Inhaló profundamente, con sus sentidos Alfa en alerta. El aire de la biblioteca estaba denso, saturado con el aroma pesado y dulce del jazmín y la sal del esfuerzo: el aura inconfundible de un omega recesivo en celo.

—¿Has encontrado algo? —exigió Calvin.

La luz del guardia barrió la habitación
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