CAPÍTULO CINCUENTA Y OCHO

La voz de Silas salió ronca, fracturada en los bordes, como si algo dentro de él ya se hubiera roto y ahora solo se mantuviera unido por pura fuerza de voluntad. Su nariz estaba cerca del cuello de ella; su respiración, cálida contra su piel, era desigual y descontrolada. El aroma de él —normalmente restringido, enmascarado y cuidadosamente controlado— ahora se estaba filtrando.

Los instintos de la Alfa Elara reaccionaron primero, antes de que sus pensamientos pudieran ponerse al día. Sus dedos
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