La mansión Arriaga permanecía envuelta en un silencio tenso, solo interrumpido por los pasos rápidos y pesados de Leonardo al caminar por los pasillos. El rostro del hombre estaba marcado por la furia contenida, la frustración y una mezcla de celos que no lograba comprender del todo. Cada vez que pensaba en Alejandro acercándose a Isabela, una rabia indescriptible se apoderaba de él, como si la presencia de ese hombre fuera una amenaza para algo más que su matrimonio.
Camila lo observaba desde