Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 6
SIN SALIDA... Juguemos a pecar Al fin había conseguido quedarse a solas y le agradecía tanto al universo esos pocos minutos de paz, sumergida en la tina con agua tibia y espumante, destilando un hechizante olor a lavanda. Su cuerpo entero lo agradecia, pero más que todo su tobillo inflamado. Había sido una completa tortura tener que acompañar a Lorenzo a recorrer parte de sus bodegas mientras fingía ser la esposa más feliz del mundo, sonriéndole al séquito de hipócritas que solo querían beber todo el vino gratis que pudieran mientras alentaban a Lorenzo a hablar sin parar de cosas que solo él podía entender. ―Cuerda de buitres, hipócritas todos ―se dijo así misma en un leve susurro, intentando que la indignación abandonara su cuerpo, pero eran tantos los sentimientos que se agolpaban en su interior que no sabia a cual darle cabida―. ¡Mald1ta, Lía! ¡Ojala te estés pudriendo en el infierno! Y al decirlo se sumergió en la bañera hasta que el agua la cubrió por completo. La vida era tan dura y difícil, o al menos para ella siempre había sido de eso modo. Un sin fin de complicaciones, siempre al borde de un abismo, luchando por salir adelante, por encontrar un lugar donde encajar. Vivir pesaba demasiado. Llevar a cuestas todo lo que ella llevaba en ese momento no se lo deseaba a nadie y por un segundo, con los ojos cerrados y la mente en blanco, la idea de morir le resulto tentadora y fácil. ¿Quién podía juzgarla por tomar el camino fácil? Absolutamente nadie... Pero como si el destino estuviera ensañado en su contra, la imagen de sus padres sonrientes llenos de vida, llego a su mente como un fogonazo en la obscuridad. Los echaba tanto de menos, la tranquilidad del hogar, el chocolate caliente que siempre le hacia mamá para que pudiera concentrase mejor en sus estudios. Y como si no fuera suficiente, su mente la llevo a imaginarlos llenos de golpes y sangre, amarrados y encerrados en un lugar obscuro y putrefacto, gritando por sus vidas. Mía quiso gritar, quiso levantarse y luchar por su vida, pero una fuerza mayor apretó su garganta con ahincó haciendo imposible que pudiera salir a la superficie en busca de oxigeno; y aunque abrió los ojos no pudo ver nada, la espuma y el agua agitándose por sus movimientos de lucha, le impidió reconocer a la persona que estaba sobre ella, a punto de convertirse en su verdugo. Sus pulmones empezaron a quemar por la falta de aire y sus movimientos fueron perdiendo el vigor inicial mientras sus manos intentaban golpear el brazo que la mantenía sumergida en su prisión, y poco a poco fue quedándose quieta, dejando que la vida por fin abandonara su cuerpo. Sus ojos volvieron a cerrarse y la culpa apareció en su mente al saber que había sido una tonta por dejarse vencer. Y cuando se convenció de que ya no quedaban esperanzas para ella, la misma mano que la había mantenido sujeta bajo el agua, la alzo para devolverle el aliento de vida. ―Espero que con este susto te quede bien claro que nadie más que yo puede decidir si vives o mueres, querida. Desesperada comenzó a toser al mismo tiempo que intentaba normalizar sus respiraciones, el corazón le latía a mil por hora y sus ojos picaban por haberlos tenido abiertos bajo el agua tanto tiempo. Estaba completamente desnuda, pero no le importo en absoluto y menos que Lorenzo la mirara con mucha satisfacción. Estaba viva y eso era lo único que importaba para Mía. ―¡Eres un imbecil! ¿Por qué hiciste eso? ―cuestiono mientras tosía. ―¿Y caso no era eso lo que querias? Yo solo quise darte una mano ―el gesto divertido de Lorenzo le causo una fuerte indignación; ese hombre era un indolente sin corazón. ―¡Por supuesto que no! ―sollozo quebrándose al entender que su vida dependía completamente de un loco―. Estas mal de la cabeza, Lorenzo. ―En eso estamos de acuerdo, querida y más te vale que nunca lo olvides ―como si nada hubiera sucedido, cogió una salida de baño y se acerco nuevamente a la tina para ayudar a Mía a salir del agua, ella estaba tan asustada que fue incapaz de oponerse―. A partir de hoy tu vida me pertenece, Mía y solo yo tengo el poder de decidir si vives, o si mueres, ¿entendido? Como un esposo amoroso y entregado, procedió a secar el cuerpo de la chica con mucha delicadeza y la envolvió en la tela para luego tomarla en brazos y llevarla a la habitación. Mía no entendía lo que sucedía, sentía el cuerpo más pesado que nunca y la cabeza le daba vueltas. ―Yo solo estaba tomando una ducha ―se excuso como si fuera necesario. ―No lo dudo, querida. Y me imagino que también querías refrescarte las ideas. ―Solo quería dejar de pensar ―murmuro en respuesta sintiéndose más dormida que despierta―. Tengo mucho sueño. ―Entonces lo mejor sera que descanses ―la voz de Lorenzo se escuchaba lejana como si se tratara de un sueño―. Dulces sueños, querida esposa. Por más que Mía intento mantener los ojos abiertos, le resulto imposible. Las imágenes de la inmensa habitación se convirtieron en flash back dentro de su mente y el sueño poco a poco fue venciéndola. No supo cuanto tiempo paso dormida, pero al despertar logro percibir un fuerte aroma a chocolate, canela y rosas; y cuando abrió los ojos alcanzo a distinguir sombras a su alrededor, formas tenebrosas veladas por las llamas de velas blancas esparcidas por toda la habitación. Intento incorporarse, pero algo se lo impidió y cuando advirtió lo que sucedía, el miedo la hizo despertarse por completo. ―¿Qué esta pasando? ¡Lorenzo! ―grito por ayuda al ver que seria imposible levantarse de la cama por sus propios medios―. ¡Lorenzo, ayudame! ―Vaya, veo que ya despertaste de tu sueño reparador, querida. Lorenzo estaba sentado en una esquina de la habitación donde la luz de las velas no llegaban, por eso Mía no se había percatado de su presencia hasta que se puso en su campo de visión. Llevaba una bata de seda cubriendo su cuerpo semi desnudo y uno copa de vino en su mano, el pelo revuelto lo hacia ver mundano y terrenal y había que reconocer que a pesar de su edad, Lorenzo Toscano seguía siendo un hombre altamente apuesto para cualquier mujer, a excepción de su nueva esposa. ―¿Qué significa esto, Lorenzo? ¿Por qué estoy amarrada? Ciertamente, Mía estaba atada a la cama, tanto de las manos como de los pies y afortunadamente no estaba desnuda, pero si llevaba encima una especie de lencería muy provocativa y era obvio que ella no se la había puesto por sus propios medios. ―No me digas que olvidaste que hoy es nuestra noche de bodas, hermosa. El cuerpo de Mía tembló de pavor. ―Esto no estaba en el acuerdo que hicimos, Lorenzo. ¡Sueltame, por favor! Lorenzo chasqueo la lengua con burla y bebió un trago largo de su copa mientras subía a la cama para mirarla mas de cerca, Mía ni siquiera advirtió cuando él se tumbo hasta alcanzar sus labios para besarla con violencia llenando su boca del vino que se había tomado antes. ―¡Alejate de mi! ¡No me toques! ―grito con furia intentando quitárselo de encima, pero solo consiguió que Lorenzo disfrutara mucho más el momento. ―Puedes gritar todo lo que quieras, hermosa, pero esta noche tendrás que cumplir con el papel que firmaste donde te acredita como mi esposa y la nueva señora Toscano ―y al decirlo se encargo de esparcir el resto del vino en su copa sobre el cuerpo de Mía para luego lamerlo directamente de su piel. ―¡No, por favor! ¡Auxilio!






