Rous avanzó con pasos temblorosos hacia el moisés. —¡Maldito seas, Caleb! —gritó con voz rota, golpeando el moisés con el puño cerrado—. ¡Siempre con tus malditas palabras nobles! ¡Con tu ternura que me quema! ¡Con ese maldito amor que no sé cómo recibir!
Rous observó todos los regalos que se encontraban sobre la cama desordenada, se acercó y reviso cada uno de ellos, y tras una sonrisa de ironía y una lagrima que rodó como si le hiciera estorbo en su interior, entre sollozos murmuro. —¡Que des