—¡Lárgate de aquí! —exclamó Bella sin piedad.
Pedro la miró con el rostro enrojecido y el destello de su piel blanca y suave que asomaba bajo la toalla. Su mente evocó las escenas de la noche anterior.
Bella, con una mezcla de timidez y coquetería, se le había colgado del cuello, sus delicadas curvas danzando frente a sus ojos. El deseo había alcanzado su punto álgido en aquel instante, sin dejar de abusar de ella hasta que suplicó rendida...
Al ver que Pedro no se movía, sumido en sus pensamien