—¡Sí, mi hijo tiene una posición excelente! —exclamó Elena de repente—. ¡Pero yo no estoy a su altura! Por eso ahora le cedo esta oportunidad de ser una esclava a otra mujer, para que disfrute de esa vida tan afortunada.
—¿Por qué gritas así? —Rosalía también subió el tono de voz.
»¿Acaso fui yo quien te obligó a casarte con él? Fuiste tú quien vino a buscarnos. Si no fuera por ti, Julio podría haber escogido una esposa de mejor posición y más culta.
»¡Tú, que aparte de tu apariencia no tienes n