Darío aún quería decir algo más, pero de repente se escuchó la voz de Manuel: —¡Cuñada!
—No, señorita Fernández. ¡Lo siento, lo olvidé por completo!
Manuel, riendo, se acercó ayudando a un tambaleante Pedro.
—Señorita Fernández, todos hemos bebido, y no hemos traído coche, ¿podríamos ir en el suyo?
Bella se negó: —¿Por qué no toman un taxi?
—Ay, es que el hermano Pedro ha bebido bastante, dice que le duele el hombro y el estómago. Si esperamos al chofer tardaremos mucho, señorita Fernández. No s