Dios. Toda aquella cordialidad sonaba tan fabricada y falsa. Deirdre no estaba de humor para seguir el juego, así que colocó la caja en un estante junto a la puerta y giró sobre sus talones.
"Señorita McKinnon, espera". Charlene la detuvo mientras se levantaba de su asiento con una sonrisa. "¿Cuál es la prisa? ¿No quieres echar un vistazo? Ya sabes, ¿disfrutar del ambiente ahora que estás aquí?".
"No me interesa", replicó Deirdre con indiferencia. Nunca le había interesado lo que la clase alta