Esperó hasta que la oficina se vació.
Aquello fue deliberado; necesitaba el edificio despojado de su población diurna, necesitaba los pasillos silenciosos y los escritorios cercanos vacíos antes de poder tener cualquier versión de esta conversación sin que le costara algo que no podía permitirse gastar en público. Así que se quedó en su escritorio pasadas las seis, pasadas las seis y media, reordenando archivos que no necesitaban ser reordenados y respondiendo correos electrónicos que habrían