La puerta se abrió a las once y cuarenta y tres.
Bianca sabía la hora exacta porque había estado mirando el reloj en la pared de enfrente con la desesperación enfocada de alguien para quien el tiempo se había convertido en la moneda principal de la noche — cada minuto que pasaba era un minuto más cerca de algo, aunque no habría podido decir con certeza si ese algo era bueno o de la otra clase. El reloj marcaba las once y cuarenta y tres y la puerta al final del pasillo se abrió y Valentina sali