La llamada llegó a las nueve y cuarenta y siete.
Diego había estado de pie junto a la ventana cuando su teléfono se iluminó —un número desconocido, y respondió al primer timbre de la misma manera que había estado respondiendo cada llamada durante cuatro días, con el aliento retenido, la cualidad específica suspendida de un hombre que había estado esperando una llamada en particular entre todas las llamadas posibles y había aprendido a tratar cada una como potencialmente esa.
La voz al otro la