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2= Reglas, desafío y hambre oculta

IVY

Suelos impecables. Techoss altos que se burlan de cualquier apartamentoucho enclenque de Brooklyn. Ni siquiera debería estar aquí. Han pasado tres años —no, cuatro— desde la última vez que puse los ojos en ese vampiro, y Christian DeLuca no ha envejecido ni un solo segundo.

La misma mandíbula marcada, los mismos ojos fríos, indescifrables y sexys que le robaron mi madre y me dejaron al otro lado del océano, casi olvidada.

No me quería en su funeral.

«No es seguro.» Esa fue su excusa. Una patraña para mantenerme a miles de kilómetros de distancia mientras él enterraba a mi madre a solas.

Y ahora, de la nada, me ha arrastrado de vuelta a este maldito lugar porque supuestamente tampoco estoy a salvo allá fuera. Dejé a mis amigos. Dejé mi vida. ¿Para qué? ¿Para estar parada en un pasillo mientras un hombre que jamás me ha dirigido una palabra amable me mira el pecho como si intentara decidir si soy comestible?

¿Tengo permitido hablar de ese... ese bulto en sus pantalones?

Dios. Lo vi. No estoy ciega. ¿Qué clase de juego enfermo es...?

Mi teléfono vibra contra la palma de mi mano, rompiendo mis pensamientos.

—Nena —contesto, pegándome el teléfono a la oreja mientras me dejo caer en el borde de la cama de invitados extragrande.

—¿Ivy? —La voz de Dani corta el silencio—. ¿Llegaste bien? ¿Lo viste? ¿A tu casi padrastro?

—Sí a las tres cosas. Desafortunadamente. —Exhalo con fuerza, quitándome los zapatos.

—Vaya... ese sitio debe ser el paraíso —dice.

Me río con desdén. ¿El paraíso mis cojones? —No pienso quedarme mucho tiempo. Solo necesito cumplir diecinueve la próxima semana, conseguir mi propio piso y largarme de aquí directo a la universidad. Se acabó.

—Joder. Buen plan. Ahora volvamos a lo nuestro. ¿Cuándo vas a venir a verme? —pregunta Dani.

—¿Cuándo? ¡Imbécil! ¡Voy hoy mismo! —grito con una sonrisa.

Dani había sido mi mejor amiga antes de que me mandaran de paquete a América. Ahora que estaba aquí, no podía esperar para verla.

—¡Sí! ¡Esa es mi chica! ¡Te juro por mi vida que hoy te voy a malcriar!

Unos nudillos golpean con fuerza la puerta.

—Te llamo luego —murmuro.

Abro la puerta y allí está... la señora mayor de antes —Nancy, dijo que se llamaba— con dos de mis maletas, arrastrándolas desde el recibidor. Me ofrece una sonrisa tensa y comprensiva.

—¿Puedo pasar? —pregunta.

—Claro, claro. —Me aparto de la entrada, ayudando a sus endebles brazos a arrastrar una de las maletas.

—Ivy, cariño. Tu madre hablaba mucho de ti. Te pareces muchísimo a ella. La señora Claire... que en paz descanse.

El pecho se me contrae. Un pinchazo caliente y afilado detrás de las costillas.

Mi madre era lo único real que tenía en esta vida. Su fallecimiento... apenas estaba sanando de eso, y aun así, me niego a dejar que una completa extraña abra la herida con lástima barata.

—Ya lo he oído antes —digo con voz plana, inexpresiva, bloqueando el dolor patético—. Christian me lo dijo. Todo el mundo me lo dice. No es nuevo.

Ella parpadea, un poco desconcertada, antes de sacar un juego de papeles grapados y bien pulcros.

—Bien. Bueno... aquí están las reglas. Al señor Christian le gustan las cosas...

—¿Reglas?

No lo había... espera. Ahora que lo recuerdo, de verdad oí a Christian hablar de reglas, aunque no le presté atención porque... esa cosa que tenía enfrente no me dejó.

Le arrebato los papeles rápidamente, escaneando con la vista la primera línea antes de procesar el resto.

No abandonar la finca sin permiso. Toque de queda: 9:00 p.m. Teléfono encendido en todo momento. Prohibido subir a la última planta. No se permiten visitas. No hagas esto, no hagas lo otro, no, no, no...

M****a pura.

¿Qué coño es esto?

—Llévate esta basura —digo, devolviéndole los papeles a las manos con el mayor respeto que puedo. Mi sangre hierve al instante, caliente y picoteando bajo la piel—. Lo siento, señora. No quiero ser irrespetuosa, pero no me traiga esta basura otra vez.

—Lo vas a necesitar, niña. A tu padrastro no le gusta...

—Vieja, te estás adelantando —espeto, perdiendo por completo lo poco que me quedaba de paciencia—. Primero que nada, él no es mi padrastro. Es el marido de mi madre. El marido de Claire. Me trajeron aquí en contra de mi voluntad solo porque mi madre de algún modo me regaló por amor... adopción. Mi presencia aquí no va a ser controlada. Ni por él, ni por ti, ni por ninguna alma viva sobre la faz de la tierra —suelto con rabia contenida.

—De todos modos, no me voy a quedar más allá de la próxima semana —murmuro lo último.

Ella me mira, estupefacta en una sonrisa de labios apretados.

—Iré... te avisaré cuando la cena esté lista.

No respondo. Retrocede y sale.

Me importa una m****a sus reglas. Horarios de cena, restricciones con la música, plantas prohibidas... que se guarde su jodida prisión. Tengo dieciocho años, soy legalmente adulta y no crucé un océano para vivir bajo el toque de queda de un dictador.

Mi teléfono vuelve a vibrar. Un mensaje de Dani.

Lo abro. Es una foto.

Dos sitios. Elige uno. 7:00 p.m.

Una sonrisa lenta y desafiante se dibuja en mis labios.

Siete de la tarde. Perfecto. Es hora de ver la ciudad, escapar de estas paredes sofocantes y recordarme a mí misma que sigo existiendo fuera de la órbita miserable de Christian DeLuca.

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