Yo caminé sin rumbo fijo y, sin darme cuenta, llegué nuevamente a la orilla del río. Compré unas latas de cerveza y, después de decirle a mi suegra que fuera a recoger a Dulcita, me senté aliviada en la orilla, disfrutando del vino en soledad.
La empresa se había convertido en un cascarón vacío y parecía que ya había cumplido su propósito, enriqueciendo a la familia Cintas, mientras yo no había obtenido nada. No era de extrañar que Sofía se burlara de mí sin miedo, diciendo que a pesar de haberm