En ese instante, mis lágrimas volvieron a caer. No era tan fuerte como aparentaba. No sabía de dónde saqué el coraje para actuar con tanta determinación, incluso tomar una foto antes de salir corriendo de casa.
Patricio dudó por un momento, me dio unas palmaditas en la espalda. Su gesto era caballeroso, pero en este momento, el consuelo de un extraño era también muy valioso para mí.
Me sentí como un niño mimado, de repente aferrándome a él sin poder contener el llanto. No esperaba encontrármelo