La ciudad de Londres estaba activa por la noche. Las calles seguían llenas de gente y las luces neón parpadeaban en el cristal del auto. James ajustó las rejillas de ventilación a pesar de que el aire no se calentaba lo suficiente como para quitarle el frío de su alma. Astrid apoyó la frente contra la ventana y cerro los ojos. Pensó que regresar no significaría ningún cambio a su ya organizada vida, que equivocada había estado, esto se estaba convirtiendo en un desastre. Cualquier esperanza de