Apenas llegué a la puerta de la iglesia, las madrinas iban entrando en orden de ensayo, una por una. Mariane era la última de la fila. Cuando fue su turno, mi hermana me miró fijamente, sin saber qué hacer.
- ¡Adelante, mi hermana! – dije, tratando de sonreír.
Lo bueno de llorar de tristeza y enojo durante una ceremonia de boda es que todos pensaban que las lágrimas eran lágrimas de emoción y felicidad.
Mariane ocupó su lugar y entró la última, siguiendo el pasillo con una hermosa alfombra roja