Cira no confiaba mucho en las supuestas «últimas veces» de su padre. Era como un jugador que siempre prometía no volver a apostar. En su opinión, su padre ya no tenía credibilidad.
Sin embargo, no quería molestar el descanso de su madre, así que llevó a su padre al pasillo fuera de la habitación del hospital y le dijo: —Habla.
Julián la miró con cautela y le preguntó: —¿Tu cara, todavía te duele?
Se sentía culpable por haberle dado una bofetada: —En más de veinte años, nunca te había golpeado...