Matteo no regresó a la villa al terminar la jornada laboral.
En cambio, su automóvil negro atravesó las calles de Milán en dirección a un cuartel de élite conocido solo por un reducido grupo de personas. Un lugar exclusivo donde solían reunirse hombres que ostentaban un inmenso poder.
En cuanto se abrió la puerta del salón, Matteo caminó hasta la barra, tomó una botella de licor y sirvió una copa de cristal.
Bebió una vez, y otra, y otra más. Cada vez en mayor cantidad. Al otro lado de la sala,