El viaje hasta Aryndell había sido más largo de lo previsto. Xavier no descansó, no comió, no pensó en nada más que en ella. Cada paso de su caballo lo acercaba a Dayleen, y cada segundo sin verla era una tortura que sus huesos no lograban acallar.
Su lobo no ayudaba con sus gruñidos bestiales cada vez que quería pararse a descansar. En parte, sabía que se lo merecía y necesitaba un recordatorio constante de que era su culpa todo lo que estaba pasando.
Cuando por fin divisó las torres de cr