La pregunta quedó suspendida en el aire entre ellos, creando una tensión palpable.
Pero un golpe en la puerta cortó la tensión.
Rosa entró llevando una bandeja con agua, un tazón de sopa y pan al lado. La colocó con cuidado sobre la mesa de noche, con esa calma que caracterizaba su personalidad.
—Esto es lo que me pidió que trajera, señor —dijo enderezándose. Luego miró a Lucia—. ¿Cómo se siente, señorita Gómez?
Lucia le dedicó una pequeña sonrisa.
—Bien. Gracias, Rosa.
Rosa asintió una vez y