La pregunta quedó suspendida en el aire entre ellos, creando una tensión palpable.Pero un golpe en la puerta cortó la tensión.Rosa entró llevando una bandeja con agua, un tazón de sopa y pan al lado. La colocó con cuidado sobre la mesa de noche, con esa calma que caracterizaba su personalidad.—Esto es lo que me pidió que trajera, señor —dijo enderezándose. Luego miró a Lucia—. ¿Cómo se siente, señorita Gómez?Lucia le dedicó una pequeña sonrisa. —Bien. Gracias, Rosa.Rosa asintió una vez y se dirigió hacia la puerta.Apenas había llegado cuando esta se abrió de golpe y Rosa tuvo que retroceder.Todos se volvieron hacia la puerta con la misma expresión: «¿Qué carajos?»Era Elena.Irrumpió como si la persiguiera un ladrón, casi chocando con Rosa. Ni siquiera vio a Lucia. No era a ella a quien buscaba, sino a su hermano, y sus ojos se posaron directamente en él.—Elena, qué… —Diego no terminó la frase.Ella cruzó la habitación y lo abrazó con fuerza. Hundió el rostro en su hombro co
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