Lucía despertó con la luz del sol entrando a raudales por ventanas que no reconocía.Por un segundo, olvidó dónde estaba.Luego todo volvió de golpe.El contrato. El dinero. El rostro de Alex cuando se lo contó.La casa de Diego.Se incorporó. La habitación era enorme. Crema y dorado por todas partes. Sábanas de seda. Un baño más grande que su antiguo dormitorio.Era una jaula dorada.Su teléfono marcaba las 9 de la mañana. Quince llamadas perdidas y doce mensajes de Alex. Pero no podía obligarse a mirarlos.Se oyó un golpe en la puerta.«¿Señorita Gómez?» Era Rosa. «El desayuno está listo. El señor Castillo la está esperando.»Poniendo los ojos en blanco, Lucía se levantó. Encontró algo de su ropa en el armario, se puso unos jeans y una camiseta, pero no se molestó en maquillarse.Quería que Diego viera exactamente lo que había comprado.Abajo, el comedor era tan pretencioso como lo recordaba. Una mesa larga con una lámpara de araña de cristal, mientras Diego estaba sentado a la cabe
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