DAKOTA, MIERCOLES POR LA NOCHE.
—¿Qué es? —me miró Deo afligido, movía con nervios las piernas.
—No lo sé.
Aquella cosa todavía no marcaba nada.
—¿Ya pasaron los tres minutos?
—¡No lo sé! —chillé.
Me pasee por la habitación, definitivamente esto no estaba en mis planes.
—¿Qué voy a hacer? —mascullé—¿debo deshacerme de él?
—No puedes decir eso—saltó Deo, sus manos también temblaban—, no estás sola.
—Pero lo estaré—respiré con dificultad—, por si no lo recuerdas, no podré saber si es tuyo o de Ni