Epílogo

El día estaba radiante por el sol, una suave brisa acariciaba sus hombros y movía su cabello cobrizo.

Suspiro con gusto. Adoraba cuando las tardes eran así de tranquilas, porque podía salir al patio de la villa y sentarse en alguna de las mecedoras para disfrutar de la compañía de su amor.

Esmeralda sonrió, mirando aquella boca en su seno succionando con desesperación, acarició su nariz y su frente con un suave movimento del dedo índice. Usaba una ropita chula, tejida por su bisabuela Sadie,
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