Estoy a punto de saltar de mi puto asiento, o mejor dicho, de caerme de él cuando suena el teléfono. Al principio, no sé de quién es el teléfono ni me importa. Cuando no deja de sonar y nadie lo coge, me doy cuenta de que es el mío. Con un gruñido para mis adentros, me lo llevo a la oreja y contesto con toda la alegría que puedo reunir a la una de la tarde. Estoy a punto de llegar a la mitad del día, pero aún no he llegado a la hora de comer. Eso significa vivir de tres tazas de café y de barri