—¡No somos idénticos, no podemos serlo! Sólo somos fraternos —respondo con un gemido, pero entonces, una pequeña risa aparece de la nada al final. Hay más aspavientos y resoplidos que vienen de su lado.
—Sin embargo, sois casi idénticos. Dios mío, tenéis el mismo pelo, los mismos ojos y, bueno... la misma cara —se ríe y yo me encuentro riendo con él también.
¿Qué está pasando con nosotros?
—Ah, bueno, gracias por decir que tengo la misma cara que mi hermano.
—No, no. No quería decir eso —suel