Despreocupada como cualquier otra niña de su edad, Nayara cruzó la calle sin importarle nada cuando, de repente, el conductor del coche negro levantó la mirada tras haber echado un vistazo a su teléfono móvil. Por un momento sintió que era demasiado tarde para detener el coche.
— ¡Mamá!—gritó Nayara al ver venir el coche negro.
El coche se detuvo. En cuanto Damián pudo apagar el coche, se bajó justo para ver a una niña con su barriguita en el suelo mientras su brazo derecho abrazaba a su pe