El pecho de Damián subía y bajaba como si hubiera corrido una maratón, pero la verdad era que sí había corrido una maratón, pero una maratón de miedos.
Tener al señor Hansen delante, sabiendo que había ordenado a sus hombres que le dieran una paliza si se atrevía a dar un paso en falso o incluso, a levantar la voz no podía ser para nada bueno.
— ¡Quítame tus asquerosas manos de encima! ¡¿Qué estoy haciendo aquí?!—Damián alzó la voz, ocultando sus verdaderos temores.
— ¿De verdad me estás pregu