Dos expresiones muy distintas de la vida llenaban la habitación aquella mañana.
Primera: la de Damian, un rostro resplandeciente de satisfacción. Había logrado engañar a la mujer que amaba para que le rogara acostarse con él. Una cruel victoria disfrazada de una sonrisa encantadora.
Segunda: la de Livia, un rostro teñido de vergüenza. Vergüenza por haberse rendido tan fácilmente a un hombre al que odiaba. Un hombre que la había tratado como a una sirvienta, que claramente no la amaba.
Para Dami