Las calles de Palermo aquella madrugada estaban vacías, quizás, solo en algún oscuro rincón había algún par de ocasionales amantes que se devoraban el uno al otro con desesperación. Joseph tenia hambre, pero un hambre diferente a todas las demás, tenia hambre de ella, hambre de Isabella Bianco, de sus labios carnosos y perfectos, y de aquellos dulces secretos que tan intima y recelosamente la hermosa mujer guardaba.
Las luces de las farolas encendidas, se desfiguraban en formas curiosas y fugac