El manto nocturno había caído sobre Palermo y aquella noche invitaba a Joseph Harrington a la reflexión. El enfrentamiento que había tenido esa tarde con ese remedo de hombre que se había atrevido a insultar a la señora Bianco lo había dejado bastante furioso. Había, por supuesto, mostrado su mejor cara a la hermosa mujer y su adorable hijo y compartido con ellos la cena que les había llevado.
La botella de whisky se había terminado, y ahora, caminaba a tomar otra de su colección de licores de