—¡Mira papi! ¡Es un perrito! —
Todas las luces de aquella mansión estaban ya apagadas, y tan solo podía apreciarse la penumbra en cada rincón del lugar.
—Cariño, no corras, vas a caerte —
Todos los sirvientes, como era habitual desde hacia varios años, se habían retirado a sus hogares; era una regla que no debía de haber nadie en aquella mansión después de las nueve de la noche.
—Tristán, Genoveva, es hora de regresar —
El ambiente siempre lúgubre, se sentía además demasiado triste, como si la