El edificio Franzani los sábados olía diferente.
El limpiador de pisos era el mismo. Los fluorescentes del pasillo funcionaban igual. Pero el silencio tenía una densidad distinta cuando no había doscientas personas moviéndose dentro de él.
Isidora llegó a las ocho de la mañana.
No había nadie en recepción. El guardia de seguridad del turno de fin de semana la vio entrar y asintió sin decir nada.
Subió al cuarto piso por las escaleras.
El taller de diseño estaba vacío, como esperaba.
Encendió so