CAPÍTULO: EL PADRE QUE NADIE QUIERE
El motor del auto viejo de Pipo tosía como un enfermo crónico. Cada vez que Fabricio giraba la llave, parecía un acto de resurrección. El tablero no servía, la radio escupía interferencia, y ni hablar del aire acondicionado… pero eso no le importaba. Iba por Bellavista como un fantasma terco, aferrado a las ruinas de su orgullo. Repartía lo que podía para ganarse unos mangos, hacía algunas horas en el hospital, dormía mal, comía peor. Se bañaba en lo de Pipo,