El pecho de Nala subía y bajaba en jadeos agudos y rotos. Su cuerpo ya temblaba por haber lamiendo nuestro desastre líquido, con sus labios brillantes por ello, cuando el vigilante la agarró del brazo y la inclinó hacia adelante sin previo aviso.
No se resistió; se dobló obedientemente, con las palmas de las manos apoyadas en el suelo, el trasero en alto y las piernas temblando mientras las abría aún más, tocándose los pies como una colegiala castigada.
Se le cortó la respiración y un sollozo n