La saqué de la mesa, su cuerpo todavía temblando por el orgasmo que acababa de provocarle. Apenas podía sostenerse en pie, pero de todos modos la doblé, presionando su pecho contra la mesa mientras yo me quedaba detrás de ella, mi polla dura como una roca y chorreando con sus jugos.
Su culo sobresalía perfectamente, redondo, invitador, rogando que lo tomara. Le separé las nalgas y gruñí:
—Dios, mírate. Lista para que te follen otra vez.
Ella gimió, empujando sus caderas hacia atrás contra mí.