Me paré en la plataforma de Madam Cash, forzando una amplia sonrisa. Llevaba puesto uno de esos vestidos horribles que se podrían llamar vestidos sexis: mangas largas, carmesí, que dejaba ver mucha piel, como mis pechos, espalda y muslos.
Me dolían muchísimo las piernas de tanto estar de pie con tacones altos.
Odiaba a mi hermano mayor por haberme vendido a Madam Cash. Sabía que tenía una deuda enorme, pero jamás pensé que me vendería para pagarla.
—¡50 Ichis!—gritó Madam Cash en cuanto salí.
Y