Las campanas del amanecer sonaron como martillos de hierro dándome en el cráneo. La vibración pesada y metálica me despertó de un sueño lleno del calor mojado de Beatrice y de sus gemidos altos y rotos. Me senté en mi celda de piedra helada, con la piel todavía sensible y casi amoratada de donde sus dedos se me habían clavado en los hombros en la oscuridad.
Arrastré el cuerpo fuera de la cama. Me metí la túnica de lana gris y áspera por la cabeza. Se sentía más rasposa de lo normal contra l