Darrel no retiró la mano. Hizo lo contrario. Mantuvo el puño presionado con fuerza contra ella, justo donde era más sensible. Empezó a mover la mano en un círculo lento y pesado.
La cabeza de Cassie cayó hacia atrás, con los ojos en blanco. Cada vez que sus nudillos frotaban su clítoris, una descarga de rayos recorría su estómago.
—¡Ah! ¡Oh, Darrel! ¡Sí! ¡Justo ahí! —gritó. Ya no le importaba la timidez. No le importaba la boda. Solo quería que esa sensación no terminara nunca.
—Eres tan re