Mi hermanastra está atrapada debajo de la cama.
Entré en la cocina con el estómago rugiendo. Todo lo que quería era una tostada con el último resto de mermelada de fresa. Pero cuando fui a coger el tarro, otra mano lo agarró exactamente al mismo tiempo. Era Freya. Mi hermanastra.
—Quita tus manos de ahí, Connor —espetó, tirando del tarro hacia su pecho—. Yo lo vi primero.
—Ni de coña —dije, tirando de vuelta—. Siempre te quedas con lo último de todo en esta casa. Déjalo.
Forcejeamos por ese estúpido frasco de cristal durante dos minutos ente