El golpe metálico y pesado del anillo del oficial contra la ventanilla sonó como un disparo dentro del pequeño auto.
Me quedé gélido, con el corazón deteniéndose a mitad de un latido. El oficial se inclinó; era un hombre corpulento, de hombros anchos bajo su uniforme caqui. A través del polarizado oscuro, solo alcanzaba a ver el reflejo de mi propio rostro aterrorizado en sus gafas de aviador plateadas. Hizo el gesto de nuevo: baja el vidrio.
—Quédate abajo —le siseé a Angel. Me apresuré a subi