Estaba de rodillas en mi probador asignado, marcando con alfileres el dobladillo de un largo vestido de novia de seda para una de mis clientas habituales, cuando la puerta se abrió de golpe.
“¡Sophia!”, exclamó Rachel, mi supervisora, entrando a toda prisa, visiblemente estresada y alterada. La típica Rachel, trabajando siempre tan duro que hasta sus facciones lo delataban. “Necesito que me ayudes con algo muy importante. El sastre principal acaba de llamar para decir que está enfermo y tenem