Alex no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se arrastró sobre mí, con los ojos muy abiertos. Conocía el juego. Sabía que solo era un reemplazo, pero no le importaba. Me agarró de la cintura, sus dedos clavándose en mi piel igual que Marcus lo había hecho.
“¿Quieres a tu papi, Lila?”, siseó Alex, su voz tratando de imitar ese tono profundo y dominante. “¿Quieres que te estire de nuevo?”
“¡Sí! ¡Oh, Dios, sí, Papi!”, gemí, mis ojos cerrándose de golpe mientras él empujaba dentro de mí. Me cen