«Me desperté sola, enredada en sábanas que olían a sexo y a la piel de Caleb. La luz del sol se filtraba entre las persianas, pintando rayas doradas sobre la cama. Mi cuerpo se sentía usado de la mejor manera posible: muslos doloridos, pezones sensibles, un palpitar sordo entre las piernas que se intensificaba cada vez que me movía.
Caleb ya no estaba, pero la huella en la almohada a mi lado seguía tibia. Oía voces bajas en la cocina (su risa ronca, la más tranquila de Liam) y el chisporroteo d