Giuliana me encuentra a los pies de mi cama recostada en posición fetal. Raquel no me atacó, jamás se lanzó hacia mí porque nunca estuvo ahí. La imagen de mi amiga me ha asaltado una y otra vez desde que tuve la pésima fortuna de hallarla en el baño, su mirada muerta me ha acosado sacando a relucir un sentimiento que durante este tiempo luchaba por ahogar. Es la culpa, esa sensación que nace en mi pecho y se irradia hacia mis extremidades y mi estómago, aquella gélida daga que corta sin piedad