Capítulo 5
[Punto de vista de Skye]

Cassandra se volvió y, si no la conociera bien, habría creído que la culpa reflejada en su rostro era genuina.

—Skye. Lo siento mucho, esto debe parecer…

—¿Qué es esto? —repetí, esta vez más fuerte.

Jaxon pasó a mi lado con expresión severa.

—Es temporal. Cassandra y Liam necesitan un lugar donde quedarse hasta que podamos organizar algo más permanente.

—Algo más permanente. —Lo miré fijamente—. Los estás instalando en nuestra casa.

—Es la casa del Alfa —me corrigió—. Y Liam es mi cachorro. ¿Dónde más se quedarían?

—¿Literalmente en cualquier otro lugar? —Me temblaban las manos—. En las habitaciones para huéspedes. En una residencia aparte. Demonios, hay casas vacías por todo el territorio de la manada. Pero elegiste esta. Nuestro hogar.

—Es la solución más práctica —respondió Jaxon con una calma exasperante—. Liam necesita estar cerca del médico de la manada mientras recibe el tratamiento. Y, como Alfa, necesito estar disponible para él.

—Qué conveniente. —Me volví hacia Cassandra—. ¿Y tú estás de acuerdo con esto? ¿Con mudarte a la casa de tu hermana? ¿Con dormir bajo el mismo techo que su esposo?

—Solo será hasta que Liam mejore —contestó Cassandra en voz baja—. Sé que es incómodo, pero su salud debe ser lo primero. Seguro que puedes entenderlo.

La cuestión era que sí lo entendía. Si un cachorro estaba enfermo, por supuesto que necesitaba tener atención médica cerca. Por supuesto que su padre querría tenerlo cerca.

Pero eso no hacía que la situación fuera menos insoportable.

—¿Cuánto tiempo? —le pregunté a Jaxon.

—El médico cree que unos meses de tratamiento deberían…

—¿Unos meses? —La habitación comenzó a dar vueltas—. ¿Esperas que viva aquí con ella durante meses? ¿Que te observe jugar a la familia con mi hermana mientras yo…?

Me interrumpí antes de decirlo. Antes de contarle lo del cachorro. Porque, allí de pie, mientras veía las pertenencias de Cassandra invadir mi hogar, comprendí con una claridad que me revolvió el estómago que él no merecía saberlo.

—¿Mientras tú qué? —Los ojos de Jaxon se entrecerraron—. Si tienes algo que decir, Skye, dilo.

—Mientras siga siendo tu esposa —concluí—. Mientras sigamos unidos por el vínculo. ¿Eso no significa nada para ti?

Algo cruzó por su rostro, demasiado rápido para interpretarlo.

—Esto no se trata de nosotros. Se trata de Liam.

—Ahora todo se trata de Liam, ¿verdad? O de Cassandra. Pero nunca de mí. —Estaba peligrosamente cerca de volver a llorar y me negaba a derrumbarme frente a ellos—. Bien. Deja que se mude aquí. Demonios, de una vez dale mi habitación. Seguro que le gustará más la vista.

—No seas dramática.

—¿Dramática? —Solté una risa seca y carente de humor—. Llegué a casa y descubrí que mi esposo estaba instalando aquí a su exnovia y al cachorro que tuvo con ella. Pero claro, soy yo quien está siendo dramática.

—Skye… —comenzó Cassandra.

El sonido procedente del piso de arriba la interrumpió.

Un jadeo húmedo y ronco. Después, nada.

El rostro de Cassandra perdió todo el color.

—Liam.

Echó a correr antes de que alguien pudiera reaccionar y subió las escaleras de dos en dos. Oí que una puerta se abría de golpe y que su voz se elevaba presa del pánico.

—¡No puede respirar! ¡Jaxon, no puede respirar!

Jaxon reaccionó de inmediato, dominado por sus instintos de Alfa. Subió las escaleras a grandes zancadas y me dejó sola en la sala, rodeada de cajas y del aroma a jazmín que se desvanecía.

Desde arriba, oí la voz desesperada y aterrorizada de Cassandra:

—¡Sálvalo, por favor! ¡Jaxon, tienes que salvarlo!

Jaxon no regresó esa noche.

Ni a la mañana siguiente. Ni a la otra.

Uno de los médicos de la manada, no mi esposo, me informó que habían llevado de urgencia a Liam al ala médica. Algo relacionado con sus pulmones, una complicación que no habían previsto. Cassandra no se había apartado de su lado.

Jaxon tampoco.

Al parecer, mi hermana siempre había sido su prioridad. Él solo había engañado a todos para que creyeran lo contrario. Y yo me había engañado a mí misma al pensar que le importaba.

Al final de la semana, Liam superó el periodo crítico. Unas horas después, Jaxon hizo que ambos regresaran a la casa del Alfa. No me dijo ni una palabra al respecto. Simplemente bajé una mañana y volví a percibir el aroma a jazmín de Cassandra entretejido en la cocina, además de encontrar un pequeño par de zapatos cuidadosamente acomodado junto a la puerta.

La casa del Alfa siempre había servido para algo más que albergar a su familia. Con el paso de los años, había dado refugio a los heridos, los ancianos, los huérfanos y quienes habían perdido a sus compañeros. A cualquiera que la manada considerara que necesitaba cuidados y permanecer cerca de sus líderes. Era tradición. Era un deber.

Y ahora, al parecer, las exnovias formaban parte de aquella distinguida lista.

Por eso, cuando Cassandra y Liam volvieron a instalarse allí, nadie lo cuestionó.

Pero todos lo notaron.

Los murmullos comenzaron de forma discreta. Una mirada que se prolongaba más de la cuenta cuando atravesaba el mercado. Dos Ancianos que guardaban silencio en cuanto yo entraba en una habitación. Una joven loba, que apenas había comenzado a transformarse, que me preguntó con los ojos muy abiertos y llena de inocencia si era cierto que el Alfa había encontrado una segunda Luna.

Sonreí y le dije que no. Que Luna era un título, no una relación. Que la manada solo tenía una Luna y estaba justo frente a ella.

La chica asintió, pero no pareció convencida.

No la culpaba. Ni siquiera yo estaba segura de seguir creyéndolo.

Después de aquello, los días se volvieron borrosos. Cumplía con mis obligaciones. Supervisé la ceremonia de bienvenida para la delegación de la manada visitante. Medié en la disputa familiar. Sonreía, asentía y hacía todo lo que se suponía que debía hacer una Luna, mientras mi esposo se sentaba cada noche en la cabecera de la mesa con Cassandra a un lado y Liam al otro, y yo ocupaba el extremo más alejado como una invitada en mi propio hogar.

Por las noches, me acostaba en nuestra cama, aunque en realidad ya era solo mía, y apoyaba una mano sobre mi vientre. El embarazo aún estaba en sus primeras etapas. Era demasiado pronto para que hubiera señales visibles. Pero ya podía sentir los cambios en mi cuerpo. El agotamiento que tiraba de mí como una corriente submarina. Las náuseas que aparecían sin previo aviso.

Estaba atada a aquella manada por mi título. Atada a Jaxon por un vínculo de compañeros que no había elegido. Y atada a aquella diminuta vida que crecía dentro de mí, una vida de la que no podía hablarle a nadie. Ni a Jaxon. Ni a Noah. A nadie, todavía.

Porque, si Jaxon se enteraba, lo utilizaría. No por amor, sino por deber. Por el mismo frío sentido de la obligación que lo había llevado a casarse conmigo en primer lugar. Y me negaba a darle otro motivo para mantenerme atada a una correa.

Así que me tragué el secreto y cargué con él sola.

Observaba cómo mi vida se hacía pedazos frente a mis ojos y lo único que podía hacer era mantener la cabeza en alto mientras el mundo me destrozaba.

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