—Por hoy serás un esposo obediente y harás todo lo que yo te diga, ¿entiendes? Si te escucho, aunque sea respirar un poco fuerte, la próxima bala atravesará tu asqueroso pene.
Le quité la corbata y la amarré firme en una de sus piernas para detener el sangrado. Como no contaba con más corbatas, usé una parte del vestido para presionar la otra herida y evitar que muera desangrado. Sería una muerte tan patética y estúpida, nada comparada a la que tengo en mi mente. Además, si no lo vive, ¿cómo lo