—Lo sé, sólo no quiero que me tengas de enemigo, siendo tu padre.
—Oh claro, entiendo —digo sarcástica.
—No es por conveniencia —se defiende.
—No —alzo las manos. —. No he dicho nada de eso —me paro del sofá. —. Si va a esperar a Mateo, puede hacerlo, yo tengo cosas que hacer.
Ni siquiera volteo a verlo, sólo me encamino hasta mi habitación. Me tumbo de espaldas sobre la cama y siento una acidez en la garganta, no he comido nada fuera de lo normal.
La madre de Hugo me ha estado llamando pero le