El coche avanzaba por las calles, iluminadas por las luces nocturnas de la ciudad. Brianna, con una sonrisa divertida, había dejado de provocarlo en cuanto Maximiliam comenzó a acelerar, aunque el deseo entre ellos seguía vibrando en el aire, palpable, como una tensión que no podría romperse tan fácilmente. Ella observaba cómo su esposo mantenía la vista fija en la carretera, aunque de vez en cuando la miraba de reojo con una sonrisa torcida en los labios. Había algo diferente en él esa noche,